miércoles, 20 de abril de 2011

Redención

La cuestión acerca de cuál sea el género más extremo de fracaso que le quepa concebir a la mente humana no es fácil de abordar, ni siquiera se puede decir que sea conveniente hacerlo. Debo admitir que hay algo en ello que podría ser calificado de insano, como quizá también lo sea prestar atención a los aspectos más sórdidos o terribles de nuestra existencia. Pero también podría decirse que responde a un sincero intento de encontrar el origen de nuestra fortaleza, la razón de que pese a ser conscientes del horror que nos rodea y nos espera al final del desenlace de cualquier acontecimiento, la vida, la nuestra y la de cualquiera, nos parezca soportable, o deseable, y a veces incluso bella.

Es muy posible que la forma más extrema de fracaso individual que sea posible concebir tenga que adoptar necesariamente la forma de una revelación. Aquella en la que la víctima comprende en un instante singular e irrepetible el profundo error que ha guiado y presidido todos sus actos. La vida entera con todos sus hechos particulares sería puesta en cuestión al quedar al descubierto el fin espúreo al que todo estaba dirigido. Es faćil suponer que una vivencia tan extrema debe relacionarse de alguna forma con la inminencia de la propia muerte. La comprensión de la inutilidad, el absurdo o la malignidad de la propia existencia y la imposibilidad de hacer nada que permita una última redención constituyen un sentimiento extremo llevado aún más allá del límite de lo soportable si esa falta de tiempo es causada por la proximidad de la muerte. Pero si se piensa bien, es fácil reconocer que en este caso la muerte, la extinción, opera ella misma como una liberación del dolor que tal sentimiento provoca. Imaginemos por un instante su prolongación en una lenta agonía en la que el sujeto se sabe incapaz de expiar unos actos en los que ha participado voluntariamente, con convinción plena, y que sabe tallados a cincel en su biografía, expuestos a la mirada del mundo que le rodea y quizá incluso a los de la Historia. Creo que este es el punto final, la cima del fracaso humano, la frontera a partir de la cual ya no hay nada más que pueda ser dicho o pensado. Y es también el punto que explica nuestra necesidad de redención. Una redención incondicionada capaz de justificar, borrar o perdonar aquello que no puede ser justificado, borrado o perdonado de ningún modo imaginable.

martes, 12 de abril de 2011

Decorado

La cultura del éxito se caracteriza por un gran gasto en decorados, y no me refiero a las tradicionales galas que adornan el triunfo, sino más bien, a la necesidad de rodear al vencedor de una corte suficientemente nutrida de derrotados que justifiquen y avalen su condición. En la comedia del éxito parece claro que a unos les corresponde el papel de protagonistas y a otros el del decorado sin el que nada tendría sentido. Concursos, carreras, certámentes y premios, todos ellos requieren una tropa de voluntarios que sacrificar en honor del lider vitorioso.
No hay combate, ni liza en el que la memoria sea capaz de ocuparse de más de dos o tres nombres, todos los demás están destinados desde un principio al olvido, es decir, a esa forma de inexistencia con que la Historia mantiene limpios sus archivos. Me pregunto qué sería de la cultura del éxito si todos aquellos que legitiman con su presencia la sonrisa del triunfador dejaran de hacer su contribución al decorado, si rechazaran su condición de comparsas dejando solos a aquellos -dos, quizá tres- que realmente toman en serio sus aspiraciones al podio.
¿Es posible imaginar una sociedad humana en la que todo tipo de competición quedara descartada como una forma burda y grosera de discriminación? ¿Es siquiera imaginable? Por eso os digo: perdedores de toda condición pensad qué os conviene, pensad a quién prestáis vuestra ilusión, considerad si es justo.