lunes, 2 de mayo de 2011

Ser escuchado

Dos profetas se dirigen a la multitud que circula por la avenida, uno de ellos habla con voz sosegada, se dirige a un punto indefinido, como si pensara cada palabra y no reclama la presencia de nadie ante su improvisado altar. Viste con discreción y su aspecto no es desaliñado, al contrario, es como el de cualquiera de los que pasan alrededor, es uno de ellos. El otro brama con una voz profunda, increpa a los que se acercan, adorna su cabeza con objetos extraños y mira desorbitadamente mientras recita su letanía de inminentes desastres. ¿A quién habremos de creer?

La conquista del derecho a ser escuchado es uno de los asuntos más difíciles de entender en nuestro tiempo. No hay criterio, no hay razón, no hay norma. Se podría pensar que es algo más parecido a un don que a una técnica que pueda ser adquirida de modo alguno. Se tiene o no se tiene. ¡Cuánto dolor nos podríamos ahorrar tan solo con saber identificar en qué consiste esa gracia especial! Desde pequeños aprendemos a reconocer nuestros méritos en las más diversas materias, la ciencia, el cultivo de las artes o en el desafío físico, pero nadie nos enseña a saber si seremos escuchados cuando hablamos, si podemos esperar ser creidos cuando creemos tener la razón. Sospecho, sin embargo, que aquellos que sí poseen el don lo saben bien pronto y aprenden a ejercitarse en su uso las más de las veces para nuestra desgracia.

miércoles, 20 de abril de 2011

Redención

La cuestión acerca de cuál sea el género más extremo de fracaso que le quepa concebir a la mente humana no es fácil de abordar, ni siquiera se puede decir que sea conveniente hacerlo. Debo admitir que hay algo en ello que podría ser calificado de insano, como quizá también lo sea prestar atención a los aspectos más sórdidos o terribles de nuestra existencia. Pero también podría decirse que responde a un sincero intento de encontrar el origen de nuestra fortaleza, la razón de que pese a ser conscientes del horror que nos rodea y nos espera al final del desenlace de cualquier acontecimiento, la vida, la nuestra y la de cualquiera, nos parezca soportable, o deseable, y a veces incluso bella.

Es muy posible que la forma más extrema de fracaso individual que sea posible concebir tenga que adoptar necesariamente la forma de una revelación. Aquella en la que la víctima comprende en un instante singular e irrepetible el profundo error que ha guiado y presidido todos sus actos. La vida entera con todos sus hechos particulares sería puesta en cuestión al quedar al descubierto el fin espúreo al que todo estaba dirigido. Es faćil suponer que una vivencia tan extrema debe relacionarse de alguna forma con la inminencia de la propia muerte. La comprensión de la inutilidad, el absurdo o la malignidad de la propia existencia y la imposibilidad de hacer nada que permita una última redención constituyen un sentimiento extremo llevado aún más allá del límite de lo soportable si esa falta de tiempo es causada por la proximidad de la muerte. Pero si se piensa bien, es fácil reconocer que en este caso la muerte, la extinción, opera ella misma como una liberación del dolor que tal sentimiento provoca. Imaginemos por un instante su prolongación en una lenta agonía en la que el sujeto se sabe incapaz de expiar unos actos en los que ha participado voluntariamente, con convinción plena, y que sabe tallados a cincel en su biografía, expuestos a la mirada del mundo que le rodea y quizá incluso a los de la Historia. Creo que este es el punto final, la cima del fracaso humano, la frontera a partir de la cual ya no hay nada más que pueda ser dicho o pensado. Y es también el punto que explica nuestra necesidad de redención. Una redención incondicionada capaz de justificar, borrar o perdonar aquello que no puede ser justificado, borrado o perdonado de ningún modo imaginable.

martes, 12 de abril de 2011

Decorado

La cultura del éxito se caracteriza por un gran gasto en decorados, y no me refiero a las tradicionales galas que adornan el triunfo, sino más bien, a la necesidad de rodear al vencedor de una corte suficientemente nutrida de derrotados que justifiquen y avalen su condición. En la comedia del éxito parece claro que a unos les corresponde el papel de protagonistas y a otros el del decorado sin el que nada tendría sentido. Concursos, carreras, certámentes y premios, todos ellos requieren una tropa de voluntarios que sacrificar en honor del lider vitorioso.
No hay combate, ni liza en el que la memoria sea capaz de ocuparse de más de dos o tres nombres, todos los demás están destinados desde un principio al olvido, es decir, a esa forma de inexistencia con que la Historia mantiene limpios sus archivos. Me pregunto qué sería de la cultura del éxito si todos aquellos que legitiman con su presencia la sonrisa del triunfador dejaran de hacer su contribución al decorado, si rechazaran su condición de comparsas dejando solos a aquellos -dos, quizá tres- que realmente toman en serio sus aspiraciones al podio.
¿Es posible imaginar una sociedad humana en la que todo tipo de competición quedara descartada como una forma burda y grosera de discriminación? ¿Es siquiera imaginable? Por eso os digo: perdedores de toda condición pensad qué os conviene, pensad a quién prestáis vuestra ilusión, considerad si es justo.

lunes, 28 de marzo de 2011

Inmolación

La invitación más bella que se puede hacer a nadie es aquella que ofrece compartir un fracaso...La invitación a participar de un fracaso es un poderoso motor para la acción. La autoinmolación ha sido empleada de antiguo como un resorte para la acción de una eficacia probada. El "Hoy es un buen día para morir" es un grito de guerra que ha llevado a la muerte segura a tropas enfervorizadas a lo largo de todos los tiempos, desde Leónidas hasta nuestros días. Churchill prometió a su pueblo una lucha sin cuartel desde las playas hasta los más recónditos lugares del imperio aceptando implícitamente la caída de las Islas...y de ahí llegamos cruzando los géneros a la demoledora escena final de Thelma y Louise en las que ambas aceptan el final de su historia con un gesto de gallardía y complicidad digno de la epopeya clásica. No, ante una invitación al fracaso el ser humano carece de recursos.

sábado, 26 de marzo de 2011

Incertidumbre

La idea de que la diferencia entre un proceso exitoso y un genuino fracaso a veces solo lo decide el resultado final no es nueva entre nosotros. Sabemos demasiado bien que las mismas acciones, los mismos personajes, idénticas decisiones pueden ser interpretadas en un caso como pasos necesarios hacia el triunfo y en otro como claros anticipos de la derrota. No hay guias, ni indicios, ni rutinas que nos permitan adivinarnos como protagonistas de un éxito o un fracaso. La historia de ambos está trenzada de tal forma que se hacen indiscernibles hasta el preciso instante en el que el veredito del destino muestra qué se escondía al final del proceso. Es entonces y solo entonces cuando somos capaces de entender qué papel juega cada hito en el resultado definitivo, qué era un claro indicio del fracaso y qué un paso necesario hacia un exitoso final. La interpretación solo es posible como una tarea retrospectiva, nunca como anticipación. El dios del destino se rie de nosotros a placer, nos deja ciegos hasta el momento en que ilumina la escena para entender el porqué de aquello que ya no tiene remedio. Y en su risa se adivina un nombre: incertidumbre.

lunes, 21 de marzo de 2011

Tipología del fracaso

El fracaso puede clasificarse según una escala en la que cada nivel admite a su vez nuevas tipologías. En el primer peldaño encontraríamos el fracaso personal. A continuación el fracaso colectivo o social. Justo por encima el fracaso histórico o civilizatorio. Abandonando la escala de los asuntos humanos encontramos primero el fracaso específico y luego el ecológico o sistémico. Fuera de ahí solo cabe ya el fracaso planetario o cósmico y por último el fracaso cosmológico en el que el sujeto afectado es el propio universo o la totalidad de lo que existe.

sábado, 19 de marzo de 2011

¿Es posible fracasar aún cuando se triunfa?

La obsesión de la sociedad contemporánea por el éxito está haciendo más por la reflexión acerca del fracaso que cualquier apología de la derrota. Para triunfar en el momento actual no basta alcanzar el premio o recompensa buscados, sino que es necesario hacerlo mejorando las condiciones en que los obtuvieron todos aquellos que constan en los registros. Plantearse una tarea, aceptar un reto, es ahora, más que nunca, un acto de valentía o inconsciencia directamente enfrentado al riesgo del fracaso. Porque, ¿cuánto mejor hay que hacer las cosas para destacar por encima del último as en la lista? Se acabará consiguiendo que cada victoria no cuente sino como una derrota menor.