Dos profetas se dirigen a la multitud que circula por la avenida, uno de ellos habla con voz sosegada, se dirige a un punto indefinido, como si pensara cada palabra y no reclama la presencia de nadie ante su improvisado altar. Viste con discreción y su aspecto no es desaliñado, al contrario, es como el de cualquiera de los que pasan alrededor, es uno de ellos. El otro brama con una voz profunda, increpa a los que se acercan, adorna su cabeza con objetos extraños y mira desorbitadamente mientras recita su letanía de inminentes desastres. ¿A quién habremos de creer?
La conquista del derecho a ser escuchado es uno de los asuntos más difíciles de entender en nuestro tiempo. No hay criterio, no hay razón, no hay norma. Se podría pensar que es algo más parecido a un don que a una técnica que pueda ser adquirida de modo alguno. Se tiene o no se tiene. ¡Cuánto dolor nos podríamos ahorrar tan solo con saber identificar en qué consiste esa gracia especial! Desde pequeños aprendemos a reconocer nuestros méritos en las más diversas materias, la ciencia, el cultivo de las artes o en el desafío físico, pero nadie nos enseña a saber si seremos escuchados cuando hablamos, si podemos esperar ser creidos cuando creemos tener la razón. Sospecho, sin embargo, que aquellos que sí poseen el don lo saben bien pronto y aprenden a ejercitarse en su uso las más de las veces para nuestra desgracia.
lunes, 2 de mayo de 2011
miércoles, 20 de abril de 2011
Redención
La cuestión acerca de cuál sea el género más extremo de fracaso que le quepa concebir a la mente humana no es fácil de abordar, ni siquiera se puede decir que sea conveniente hacerlo. Debo admitir que hay algo en ello que podría ser calificado de insano, como quizá también lo sea prestar atención a los aspectos más sórdidos o terribles de nuestra existencia. Pero también podría decirse que responde a un sincero intento de encontrar el origen de nuestra fortaleza, la razón de que pese a ser conscientes del horror que nos rodea y nos espera al final del desenlace de cualquier acontecimiento, la vida, la nuestra y la de cualquiera, nos parezca soportable, o deseable, y a veces incluso bella.
Es muy posible que la forma más extrema de fracaso individual que sea posible concebir tenga que adoptar necesariamente la forma de una revelación. Aquella en la que la víctima comprende en un instante singular e irrepetible el profundo error que ha guiado y presidido todos sus actos. La vida entera con todos sus hechos particulares sería puesta en cuestión al quedar al descubierto el fin espúreo al que todo estaba dirigido. Es faćil suponer que una vivencia tan extrema debe relacionarse de alguna forma con la inminencia de la propia muerte. La comprensión de la inutilidad, el absurdo o la malignidad de la propia existencia y la imposibilidad de hacer nada que permita una última redención constituyen un sentimiento extremo llevado aún más allá del límite de lo soportable si esa falta de tiempo es causada por la proximidad de la muerte. Pero si se piensa bien, es fácil reconocer que en este caso la muerte, la extinción, opera ella misma como una liberación del dolor que tal sentimiento provoca. Imaginemos por un instante su prolongación en una lenta agonía en la que el sujeto se sabe incapaz de expiar unos actos en los que ha participado voluntariamente, con convinción plena, y que sabe tallados a cincel en su biografía, expuestos a la mirada del mundo que le rodea y quizá incluso a los de la Historia. Creo que este es el punto final, la cima del fracaso humano, la frontera a partir de la cual ya no hay nada más que pueda ser dicho o pensado. Y es también el punto que explica nuestra necesidad de redención. Una redención incondicionada capaz de justificar, borrar o perdonar aquello que no puede ser justificado, borrado o perdonado de ningún modo imaginable.
Es muy posible que la forma más extrema de fracaso individual que sea posible concebir tenga que adoptar necesariamente la forma de una revelación. Aquella en la que la víctima comprende en un instante singular e irrepetible el profundo error que ha guiado y presidido todos sus actos. La vida entera con todos sus hechos particulares sería puesta en cuestión al quedar al descubierto el fin espúreo al que todo estaba dirigido. Es faćil suponer que una vivencia tan extrema debe relacionarse de alguna forma con la inminencia de la propia muerte. La comprensión de la inutilidad, el absurdo o la malignidad de la propia existencia y la imposibilidad de hacer nada que permita una última redención constituyen un sentimiento extremo llevado aún más allá del límite de lo soportable si esa falta de tiempo es causada por la proximidad de la muerte. Pero si se piensa bien, es fácil reconocer que en este caso la muerte, la extinción, opera ella misma como una liberación del dolor que tal sentimiento provoca. Imaginemos por un instante su prolongación en una lenta agonía en la que el sujeto se sabe incapaz de expiar unos actos en los que ha participado voluntariamente, con convinción plena, y que sabe tallados a cincel en su biografía, expuestos a la mirada del mundo que le rodea y quizá incluso a los de la Historia. Creo que este es el punto final, la cima del fracaso humano, la frontera a partir de la cual ya no hay nada más que pueda ser dicho o pensado. Y es también el punto que explica nuestra necesidad de redención. Una redención incondicionada capaz de justificar, borrar o perdonar aquello que no puede ser justificado, borrado o perdonado de ningún modo imaginable.
martes, 12 de abril de 2011
Decorado
La cultura del éxito se caracteriza por un gran gasto en decorados, y no me refiero a las tradicionales galas que adornan el triunfo, sino más bien, a la necesidad de rodear al vencedor de una corte suficientemente nutrida de derrotados que justifiquen y avalen su condición. En la comedia del éxito parece claro que a unos les corresponde el papel de protagonistas y a otros el del decorado sin el que nada tendría sentido. Concursos, carreras, certámentes y premios, todos ellos requieren una tropa de voluntarios que sacrificar en honor del lider vitorioso.
No hay combate, ni liza en el que la memoria sea capaz de ocuparse de más de dos o tres nombres, todos los demás están destinados desde un principio al olvido, es decir, a esa forma de inexistencia con que la Historia mantiene limpios sus archivos. Me pregunto qué sería de la cultura del éxito si todos aquellos que legitiman con su presencia la sonrisa del triunfador dejaran de hacer su contribución al decorado, si rechazaran su condición de comparsas dejando solos a aquellos -dos, quizá tres- que realmente toman en serio sus aspiraciones al podio.
¿Es posible imaginar una sociedad humana en la que todo tipo de competición quedara descartada como una forma burda y grosera de discriminación? ¿Es siquiera imaginable? Por eso os digo: perdedores de toda condición pensad qué os conviene, pensad a quién prestáis vuestra ilusión, considerad si es justo.
No hay combate, ni liza en el que la memoria sea capaz de ocuparse de más de dos o tres nombres, todos los demás están destinados desde un principio al olvido, es decir, a esa forma de inexistencia con que la Historia mantiene limpios sus archivos. Me pregunto qué sería de la cultura del éxito si todos aquellos que legitiman con su presencia la sonrisa del triunfador dejaran de hacer su contribución al decorado, si rechazaran su condición de comparsas dejando solos a aquellos -dos, quizá tres- que realmente toman en serio sus aspiraciones al podio.
¿Es posible imaginar una sociedad humana en la que todo tipo de competición quedara descartada como una forma burda y grosera de discriminación? ¿Es siquiera imaginable? Por eso os digo: perdedores de toda condición pensad qué os conviene, pensad a quién prestáis vuestra ilusión, considerad si es justo.
lunes, 28 de marzo de 2011
Inmolación
La invitación más bella que se puede hacer a nadie es aquella que ofrece compartir un fracaso...La invitación a participar de un fracaso es un poderoso motor para la acción. La autoinmolación ha sido empleada de antiguo como un resorte para la acción de una eficacia probada. El "Hoy es un buen día para morir" es un grito de guerra que ha llevado a la muerte segura a tropas enfervorizadas a lo largo de todos los tiempos, desde Leónidas hasta nuestros días. Churchill prometió a su pueblo una lucha sin cuartel desde las playas hasta los más recónditos lugares del imperio aceptando implícitamente la caída de las Islas...y de ahí llegamos cruzando los géneros a la demoledora escena final de Thelma y Louise en las que ambas aceptan el final de su historia con un gesto de gallardía y complicidad digno de la epopeya clásica. No, ante una invitación al fracaso el ser humano carece de recursos.
sábado, 26 de marzo de 2011
Incertidumbre
La idea de que la diferencia entre un proceso exitoso y un genuino fracaso a veces solo lo decide el resultado final no es nueva entre nosotros. Sabemos demasiado bien que las mismas acciones, los mismos personajes, idénticas decisiones pueden ser interpretadas en un caso como pasos necesarios hacia el triunfo y en otro como claros anticipos de la derrota. No hay guias, ni indicios, ni rutinas que nos permitan adivinarnos como protagonistas de un éxito o un fracaso. La historia de ambos está trenzada de tal forma que se hacen indiscernibles hasta el preciso instante en el que el veredito del destino muestra qué se escondía al final del proceso. Es entonces y solo entonces cuando somos capaces de entender qué papel juega cada hito en el resultado definitivo, qué era un claro indicio del fracaso y qué un paso necesario hacia un exitoso final. La interpretación solo es posible como una tarea retrospectiva, nunca como anticipación. El dios del destino se rie de nosotros a placer, nos deja ciegos hasta el momento en que ilumina la escena para entender el porqué de aquello que ya no tiene remedio. Y en su risa se adivina un nombre: incertidumbre.
lunes, 21 de marzo de 2011
Tipología del fracaso
El fracaso puede clasificarse según una escala en la que cada nivel admite a su vez nuevas tipologías. En el primer peldaño encontraríamos el fracaso personal. A continuación el fracaso colectivo o social. Justo por encima el fracaso histórico o civilizatorio. Abandonando la escala de los asuntos humanos encontramos primero el fracaso específico y luego el ecológico o sistémico. Fuera de ahí solo cabe ya el fracaso planetario o cósmico y por último el fracaso cosmológico en el que el sujeto afectado es el propio universo o la totalidad de lo que existe.
sábado, 19 de marzo de 2011
¿Es posible fracasar aún cuando se triunfa?
La obsesión de la sociedad contemporánea por el éxito está haciendo más por la reflexión acerca del fracaso que cualquier apología de la derrota. Para triunfar en el momento actual no basta alcanzar el premio o recompensa buscados, sino que es necesario hacerlo mejorando las condiciones en que los obtuvieron todos aquellos que constan en los registros. Plantearse una tarea, aceptar un reto, es ahora, más que nunca, un acto de valentía o inconsciencia directamente enfrentado al riesgo del fracaso. Porque, ¿cuánto mejor hay que hacer las cosas para destacar por encima del último as en la lista? Se acabará consiguiendo que cada victoria no cuente sino como una derrota menor.
martes, 15 de marzo de 2011
La verdad en ruinas
El lo sabía bien: no hay peor condena que conocer la verdad y no poder compartirla con nadie, absolutamente con nadie más. Esa fue la condena que Apolo
impuso a Casandra cuando ésta
osó romper su pacto de amor una vez conseguido el don de la profecía. Desde entonces ha pasado mucho tiempo y hemos aprendido que la verdad no triunfa por
sí sola, que no consiste en la simple correspondencia con los hechos. La verdad es ante todo un acto en el que alguien es creido por otro. Para ser creido se necesitan
una serie de requisitos que muy bien pueden estar ausentes, no importa lo que se diga. La verdad fracasa cada vez que aquel que la posee carece de los atributos
para comunicarla, algo cada vez más frecuente en nuestra época, de hecho, algo que podría convertirse en la norma. Y la cuestión es: ¿qué nos cabe esperar si
finalmente alcanzamos tan lamentable estado?
impuso a Casandra cuando ésta
osó romper su pacto de amor una vez conseguido el don de la profecía. Desde entonces ha pasado mucho tiempo y hemos aprendido que la verdad no triunfa por
sí sola, que no consiste en la simple correspondencia con los hechos. La verdad es ante todo un acto en el que alguien es creido por otro. Para ser creido se necesitan
una serie de requisitos que muy bien pueden estar ausentes, no importa lo que se diga. La verdad fracasa cada vez que aquel que la posee carece de los atributos
para comunicarla, algo cada vez más frecuente en nuestra época, de hecho, algo que podría convertirse en la norma. Y la cuestión es: ¿qué nos cabe esperar si
finalmente alcanzamos tan lamentable estado?
domingo, 13 de marzo de 2011
Una cuestión didáctica
Hay multitud de escritos acerca del éxito y la forma de alcanzarlo, sin embargo es muy poco, apenas nada, lo que se ha publicado en torno al fracaso. Pero aprender a fracasar, hacerlo bien, si es que cabe hablar así, ha demostrado ser de una gran utilidad tanto para el sujeto como para las sociedades en las que habita.
Lo único realmente propio
El fracaso, como el dolor, es lo único realmente propio. Nadie desea apropiarse de aquellos que le son ajenos.
miércoles, 9 de marzo de 2011
El final de la palabra
Lutero prendió la protesta con un panfleto clavado en la en la puerta de la Iglesia del Palacio de Wittenberg. La revolución americana fundamenta su orgullo y su
existencia en una carta firmada por los representantes de las trece colonias. La revolución de Octubre y el movimiento obrero reconocen en las obras de Marx y
Engels su inspiración y su doctrina. No me extrañaría mucho que las revoluciones venideras empiecen esta vez con un simple gesto mudo muy al margen de la
palabra porque esta, hay que admitirlo, ha fracasado. Exhausta de conmover conciencias y guiar masas de un lado a otro, se ha retirado al terreno de la contemplación,
la autocontemplación, en la que solo sirve para que el sujeto se manifieste en soliloquios inútiles como sin duda este mismo lo es. De la palabra no nos cabe esperar
ya nada más. Y sin embargo, aun no tenemos más remedio que usarla incluso a sabiendas que ya no es sino un acto privado exento de cualquier consecuencia
práctica. Los Tratados yacen convertidos en simples Diarios destinados a cualquier desván propicio. Ha llegado la era de los actos y habrá que acostumbrarse a sus nuevas normas.
Yo ya he empezado.
existencia en una carta firmada por los representantes de las trece colonias. La revolución de Octubre y el movimiento obrero reconocen en las obras de Marx y
Engels su inspiración y su doctrina. No me extrañaría mucho que las revoluciones venideras empiecen esta vez con un simple gesto mudo muy al margen de la
palabra porque esta, hay que admitirlo, ha fracasado. Exhausta de conmover conciencias y guiar masas de un lado a otro, se ha retirado al terreno de la contemplación,
la autocontemplación, en la que solo sirve para que el sujeto se manifieste en soliloquios inútiles como sin duda este mismo lo es. De la palabra no nos cabe esperar
ya nada más. Y sin embargo, aun no tenemos más remedio que usarla incluso a sabiendas que ya no es sino un acto privado exento de cualquier consecuencia
práctica. Los Tratados yacen convertidos en simples Diarios destinados a cualquier desván propicio. Ha llegado la era de los actos y habrá que acostumbrarse a sus nuevas normas.
Yo ya he empezado.
Siendo muy uno mismo
Los fracasados a menudo reivindican para sí la peculiar carecterística de ser muy ellos mismos. Las escalas que sirven para otros, normalmente no funcionan con ellos. Su producto o su comportamiento son genuinos, no evaluables con los parámetros comunes. Pretender poner su obra al lado de aquellas realizadas bajo la norma universal del gusto solo puede producir un irremediable desenfoque de la cuestión. En su manifestación más extrema el fracasado típico puede incluso llegar a sentirse un precursor, un adelantado a su tiempo. En general, puede decirse que la incompresión es para muchos fracasados su último refugio, es decir, su última excusa.
lunes, 7 de marzo de 2011
El más común de los fracasados
Es fácil reconocer un fracasado cuando se esmera en ocultar su condición, tanto ante los otros como ante si mismo. Por lo general el fracasado típico siempre
deja ver su calidad de entendido, incluso experto, en alguna materia que no constituye su auténtica profesión y a la cual nunca ha podido, por los más diversos
avatares de la vida, dedicar el tiempo que hubiera querido. Este tipo de fracasado, con diferencia el más común, se encuentra siempre en un estado semivirginal
ante aquello en lo que realmente es diestro. Su lugar natural es el amago, la intentona, el comienzo siempre frustrado por imperativos del destino. Los más audaces
se atreven alguna vez a manifestar su valía pero siempre de un modo parcial y fragmentario capaz de proporcionarles la retirada airosa que sin duda necesitan.
deja ver su calidad de entendido, incluso experto, en alguna materia que no constituye su auténtica profesión y a la cual nunca ha podido, por los más diversos
avatares de la vida, dedicar el tiempo que hubiera querido. Este tipo de fracasado, con diferencia el más común, se encuentra siempre en un estado semivirginal
ante aquello en lo que realmente es diestro. Su lugar natural es el amago, la intentona, el comienzo siempre frustrado por imperativos del destino. Los más audaces
se atreven alguna vez a manifestar su valía pero siempre de un modo parcial y fragmentario capaz de proporcionarles la retirada airosa que sin duda necesitan.
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