martes, 12 de abril de 2011

Decorado

La cultura del éxito se caracteriza por un gran gasto en decorados, y no me refiero a las tradicionales galas que adornan el triunfo, sino más bien, a la necesidad de rodear al vencedor de una corte suficientemente nutrida de derrotados que justifiquen y avalen su condición. En la comedia del éxito parece claro que a unos les corresponde el papel de protagonistas y a otros el del decorado sin el que nada tendría sentido. Concursos, carreras, certámentes y premios, todos ellos requieren una tropa de voluntarios que sacrificar en honor del lider vitorioso.
No hay combate, ni liza en el que la memoria sea capaz de ocuparse de más de dos o tres nombres, todos los demás están destinados desde un principio al olvido, es decir, a esa forma de inexistencia con que la Historia mantiene limpios sus archivos. Me pregunto qué sería de la cultura del éxito si todos aquellos que legitiman con su presencia la sonrisa del triunfador dejaran de hacer su contribución al decorado, si rechazaran su condición de comparsas dejando solos a aquellos -dos, quizá tres- que realmente toman en serio sus aspiraciones al podio.
¿Es posible imaginar una sociedad humana en la que todo tipo de competición quedara descartada como una forma burda y grosera de discriminación? ¿Es siquiera imaginable? Por eso os digo: perdedores de toda condición pensad qué os conviene, pensad a quién prestáis vuestra ilusión, considerad si es justo.

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