lunes, 2 de mayo de 2011

Ser escuchado

Dos profetas se dirigen a la multitud que circula por la avenida, uno de ellos habla con voz sosegada, se dirige a un punto indefinido, como si pensara cada palabra y no reclama la presencia de nadie ante su improvisado altar. Viste con discreción y su aspecto no es desaliñado, al contrario, es como el de cualquiera de los que pasan alrededor, es uno de ellos. El otro brama con una voz profunda, increpa a los que se acercan, adorna su cabeza con objetos extraños y mira desorbitadamente mientras recita su letanía de inminentes desastres. ¿A quién habremos de creer?

La conquista del derecho a ser escuchado es uno de los asuntos más difíciles de entender en nuestro tiempo. No hay criterio, no hay razón, no hay norma. Se podría pensar que es algo más parecido a un don que a una técnica que pueda ser adquirida de modo alguno. Se tiene o no se tiene. ¡Cuánto dolor nos podríamos ahorrar tan solo con saber identificar en qué consiste esa gracia especial! Desde pequeños aprendemos a reconocer nuestros méritos en las más diversas materias, la ciencia, el cultivo de las artes o en el desafío físico, pero nadie nos enseña a saber si seremos escuchados cuando hablamos, si podemos esperar ser creidos cuando creemos tener la razón. Sospecho, sin embargo, que aquellos que sí poseen el don lo saben bien pronto y aprenden a ejercitarse en su uso las más de las veces para nuestra desgracia.

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