sábado, 26 de marzo de 2011
Incertidumbre
La idea de que la diferencia entre un proceso exitoso y un genuino fracaso a veces solo lo decide el resultado final no es nueva entre nosotros. Sabemos demasiado bien que las mismas acciones, los mismos personajes, idénticas decisiones pueden ser interpretadas en un caso como pasos necesarios hacia el triunfo y en otro como claros anticipos de la derrota. No hay guias, ni indicios, ni rutinas que nos permitan adivinarnos como protagonistas de un éxito o un fracaso. La historia de ambos está trenzada de tal forma que se hacen indiscernibles hasta el preciso instante en el que el veredito del destino muestra qué se escondía al final del proceso. Es entonces y solo entonces cuando somos capaces de entender qué papel juega cada hito en el resultado definitivo, qué era un claro indicio del fracaso y qué un paso necesario hacia un exitoso final. La interpretación solo es posible como una tarea retrospectiva, nunca como anticipación. El dios del destino se rie de nosotros a placer, nos deja ciegos hasta el momento en que ilumina la escena para entender el porqué de aquello que ya no tiene remedio. Y en su risa se adivina un nombre: incertidumbre.
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A primera vista el fragmento constituye una desesperada advertencia sobre la extrema dificultad de discriminar cursos de acción exitosos de aquellos otros orientados al fracaso. Una segunda lectura muestra, sin embargo, una intención más profunda. Baumann está relacionando la percepción del éxito y el fracaso en los asuntos humanos con algunos de los principios fundamentales de la "mecánica cuántica". Ni más ni menos. El resultado del proceso equivale al acto de observación, al colapso de la función de onda. La imposibilidad de advertir el valor de cada hito del proceso, apunta a la esencial indeterminación de la naturaleza de la materia. El parangón es sorprendente.
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