Es fácil reconocer un fracasado cuando se esmera en ocultar su condición, tanto ante los otros como ante si mismo. Por lo general el fracasado típico siempre
deja ver su calidad de entendido, incluso experto, en alguna materia que no constituye su auténtica profesión y a la cual nunca ha podido, por los más diversos
avatares de la vida, dedicar el tiempo que hubiera querido. Este tipo de fracasado, con diferencia el más común, se encuentra siempre en un estado semivirginal
ante aquello en lo que realmente es diestro. Su lugar natural es el amago, la intentona, el comienzo siempre frustrado por imperativos del destino. Los más audaces
se atreven alguna vez a manifestar su valía pero siempre de un modo parcial y fragmentario capaz de proporcionarles la retirada airosa que sin duda necesitan.
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